

El calor, aquel 2 de julio de 1947, apretaba fuerte. Pocos eran los que atendían a las informaciones que algunos periódicos destacaban en sus portadas, y que afirmaban que pocos días atrás un piloto privado de Boise, Idaho, llamado Kenneth Arnold, había tenido un misterioso encuentro con nueve objetos desconocidos que “tenían forma de lunas, ovalados en la parte frontal y convexos en la trasera… se veían como grandes planos”. Y, sin embargo, no fue el avistamiento de ese verano de hace ahora… ¡65 años!
Arnold, ese 24 de junio de 1947 rastreaba la abrupta zona que se abre en las entrañas del Monte Rainier, en el Estado de Washington, intentando localizar los restos de una aeronave militar que había desaparecido pocas horas antes en la misma región, cuando frente a él aparecieron los extraños artefactos voladores, que además estaban hechos de un material tan reflectante que el brillo que desprendían a causa del reflejo del Sol no permitía que en determinadas circunstancias los pudiera mirar fijamente, amén de la elevadísima velocidad que desarrollaban.
Ajeno a dichos acontecimientos, el futuro astronauta Edgar Mitchell, que por entonces habitaba en un rancho cercano a Roswell, oyó a su padre hablar con el sheriff de un extraño incidente que había ocurrido en el rancho del granjero Mack Brazel. Este se encontraba recogiendo el ganado cuando se percató de que en una gran extensión de terreno se hallaban esparcidos, en varios metros a la redonda, los restos metálicos de un objeto que sin lugar a dudas se había estrellado en el lugar, sin que él hubiera sido consciente del desgraciado incidente.
La situación pasó de ser anécdota a recorrer la localidad de Roswell a la velocidad de la pólvora, cuando uno de los ciudadanos de la localidad, el ferretero Dan Wilmot y su esposa, afirmaron haber visto a las diez menos diez de la noche de ese inolvidable 2 de julio, como “de repente, un gran objeto brillante se desprendió del cielo, desde el Sudeste. Marchaba hacia el Noroeste, hacia Corona, Nuevo México, a una enorme velocidad”.
La conmoción que causó en la pareja no es cuestión baladí. El misterioso OVNI sobrevoló su casa a una velocidad endiablada, y tan cerca que pudieron apreciar que de su interior se desprendía una no menos enigmática luminosidad que permitía apreciar que se trataba de un artefacto “parecido a dos platos invertidos y que se unían por los bordes”.
Dan Wilmot mantuvo el silencio durante una semana, a la espera de que alguien más afirmase haber observado el objeto errático, a fin de no caer en las redes de aquellos que, sin perder un segundo, hubieran hecho saña y escarnio de una historia tan singular. No obstante, lo que el bueno de Wilmot no sabía, es que pocas jornadas después, el 7 de julio, se produjo un “extraño” episodio que tuvo como protagonista a Lydia Sleppy, que por esas fechas trabajaba en la emisora de radio de Alburquerque, y entre cuyas múltiples labores se encontraba la de atender la llegada de teletipos a la redacción. El “run-run” ya recorría las calles de Roswell; todos sabían que en las tierras de Brazel había ocurrido algo extraño, que de un modo u otro había despertado el interés de los militares que se hallaban en la Base del Ejército del Aire de Roswell. A las cuatro de la tarde recibió la excitada llamada de su colega John McBoyle, periodista de vocación que se había hecho con la propiedad de la emisora de KSWS de la localidad que nos ocupa, y cuyas penurias económicas le impedían tener un teletipo en propiedad, por lo que cada vez que precisaba de dar una información relevante, recurría al aparato de su compañera.


Arnold, ese 24 de junio de 1947 rastreaba la abrupta zona que se abre en las entrañas del Monte Rainier, en el Estado de Washington, intentando localizar los restos de una aeronave militar que había desaparecido pocas horas antes en la misma región, cuando frente a él aparecieron los extraños artefactos voladores, que además estaban hechos de un material tan reflectante que el brillo que desprendían a causa del reflejo del Sol no permitía que en determinadas circunstancias los pudiera mirar fijamente, amén de la elevadísima velocidad que desarrollaban.

Ajeno a dichos acontecimientos, el futuro astronauta Edgar Mitchell, que por entonces habitaba en un rancho cercano a Roswell, oyó a su padre hablar con el sheriff de un extraño incidente que había ocurrido en el rancho del granjero Mack Brazel. Este se encontraba recogiendo el ganado cuando se percató de que en una gran extensión de terreno se hallaban esparcidos, en varios metros a la redonda, los restos metálicos de un objeto que sin lugar a dudas se había estrellado en el lugar, sin que él hubiera sido consciente del desgraciado incidente.



La situación pasó de ser anécdota a recorrer la localidad de Roswell a la velocidad de la pólvora, cuando uno de los ciudadanos de la localidad, el ferretero Dan Wilmot y su esposa, afirmaron haber visto a las diez menos diez de la noche de ese inolvidable 2 de julio, como “de repente, un gran objeto brillante se desprendió del cielo, desde el Sudeste. Marchaba hacia el Noroeste, hacia Corona, Nuevo México, a una enorme velocidad”.


La conmoción que causó en la pareja no es cuestión baladí. El misterioso OVNI sobrevoló su casa a una velocidad endiablada, y tan cerca que pudieron apreciar que de su interior se desprendía una no menos enigmática luminosidad que permitía apreciar que se trataba de un artefacto “parecido a dos platos invertidos y que se unían por los bordes”.

Dan Wilmot mantuvo el silencio durante una semana, a la espera de que alguien más afirmase haber observado el objeto errático, a fin de no caer en las redes de aquellos que, sin perder un segundo, hubieran hecho saña y escarnio de una historia tan singular. No obstante, lo que el bueno de Wilmot no sabía, es que pocas jornadas después, el 7 de julio, se produjo un “extraño” episodio que tuvo como protagonista a Lydia Sleppy, que por esas fechas trabajaba en la emisora de radio de Alburquerque, y entre cuyas múltiples labores se encontraba la de atender la llegada de teletipos a la redacción. El “run-run” ya recorría las calles de Roswell; todos sabían que en las tierras de Brazel había ocurrido algo extraño, que de un modo u otro había despertado el interés de los militares que se hallaban en la Base del Ejército del Aire de Roswell. A las cuatro de la tarde recibió la excitada llamada de su colega John McBoyle, periodista de vocación que se había hecho con la propiedad de la emisora de KSWS de la localidad que nos ocupa, y cuyas penurias económicas le impedían tener un teletipo en propiedad, por lo que cada vez que precisaba de dar una información relevante, recurría al aparato de su compañera.





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